lunes, 11 de abril de 2016

Alérgico a los chistes

María se acerca llorando y repitiendo que ella no lo sabía. El amigo que va delante grita desesperado:
- Jooo María, lo zabes perfectamente...zabes que zoy alérgico.
Y un pequeño coro infantil repite con insistencia que eso que el niño apunta es cierto. - Es muy alérgico, muy alérgico....

María se esfuerza en explicar que no lo ha hecho a propósito y que no quería hacerlo. Y lágrimas de pena resbalan por sus mejillas.
Doblo las rodillas y me pongo a la altura de todos mientras pregunto con algo de susto:
- ¿Alérgico a qué?- las alergias pueden ser muy peligrosas en un centro escolar, me digo.
El niño me cuenta que es alérgico a los chistes y no puedo evitar reírme a carcajadas. Pero él sigue muy serio narrándome la historia de su extraña dolencia.  De todo lo que me cuenta, deduzco que un día en su casa, se rió tanto con un chiste que se golpeó la frente y le salió sangre. Así que, desde entonces, se considera terriblemente alérgico a los chistes.
Insisto un poco en la idea de que es una lástima no poder escuchar chistes, pues son muy divertidos. Pero él se mantiene firme y se tapa las orejas con ambas manos cuando, asumo el riesgo y le pido a María que nos vuelva a contar el chiste.
Cuando mi nuevo amigo está más tranquilo, le pregunto muy seria que si le ocurre lo mismo cuando lee un chiste escrito. Deja de llorar en seco, se enjuaga las lágrimas y me responde:
- No, leerlos sí puedo. Leídos no me dan alergia...
- Ah, pues menos mal....


jueves, 17 de diciembre de 2015

Una ficha aburrida

Una ficha aburrida. Se van sucediendo, una tras otra. Las mismas copias y las mismas frases absurdas. 
Balduino besa a Belén. Isabel bebe batido. Bernabé tiene bigote.
Corrijo alguna letra torcida. Señalo algún punto al final de frase. Marco la c de alguna maricita. Y me dejo llevar por la apariencia de los trazos, la presentación, la limpieza...
Me acongoja la sensación de estar perdiéndome  la creatividad, las opiniones y la persona que cada uno de mis alumnos lleva dentro. Me agobia participar en este injusto y limitado sistema educativo. Intento compensar la pobreza de estas actividades con otros momentos del día, con otros contenidos, buscando otros intereses. Y no es que crea que la letra y su grafía no son importantes. A menudo, y con gestos teatrales, insto  a mis alumnos a corear un - ¡Qué buscamos! - ¡La perfección! responden. 
Y nos reímos, porque ni ellos, ni yo, ni nadie se acercó todavía a la perfección.
Voy señalando con rojo, tal y como mandan los cánones, un muy bien, un bien más, un visto... Si veo algún error garrafal llamo al interesado a mi mesa y se lo explico personalmente. Pues corregir algo, aunque sea con el imponente color rojo, no sirve de mucho si el discente no repara en ello.
Después de diez o doce fichas le doy la vuelta a la de Aarón, con dos as y una o profe. Sonrío y me emociono al descubrir en la parte final del folio un maravilloso retrato mío, con el pelo alborotado y un corazón, un magnífico "Te quiero Mar" y su firma coronando la dedicatoria. 
Hoy sí, y a pesar de la guerra que me dan, ese pequeño gesto de Aarón con dos as y una o, que ayer por la tarde haciendo estos "deberes" se acordó (bien) de mi, me confirma que cada uno de ellos es único.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La lacra del magisterio

Que los padres opinamos sobre la educación de nuestros hijos es algo evidente e incuestionable. Que todo, todo, lo que nos dicen de ellos no nos gusta es también verdad. Y que los conocemos mejor que nadie es innegable.
Voy a relatar una pequeña historia. Esta vez no es en primera persona.
La profe Marta tiene ya algunos años de experiencia. Le gusta su trabajo y dedica mucho de su tiempo personal a preparar clases, buscar recursos y hacer muchas de esas cosas que hacemos los maestros. 
Por eso me resulta raro que  reciba una nota negativa en la agenda de una alumna. Su mamá opina sobre su autoridad en el aula, la calidad de las clases y las causas del mal comportamiento de su hija. La causa es la maestra, ¡está claro! Y tiene la osadía de escribirlo todo sembrado de faltas de ortografía y redacción cuando está presumiendo de su licenciatura. Ella era igual que su hija pero finalmente se licenció, viene a decir.
Que la nena en cuestión sonría, victoriosa, mientras su profesora lee es el final de la historia.
El final de la historia para la maestra. El comienzo de una historia  mal enhebrada para la nena. Está claro.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Para poder hablar


En clase de lengua y matemáticas de primer ciclo queremos aprender de forma cooperativa. Es por ello, que lo primero que debemos controlar es el ruido. Por eso hemos convocado un concurso de señales, ruidómetros, vocímetros... Su finalidad es permitirnos hablar a todos de un modo ordenado, tranquilo y sosegado.
La participación está siendo increíble.
No nos inventamos nada nuevo. El que dude que consulte las bases del Aprendizaje cooperativo de la Universidad de Alcalá de Henares. (Profesor J. Carlos Torrego)
Porque para poder hablar hay que saber cómo. Para poder hablar hay que saber cuándo. Para poder hablar hay que saber hacerlo sin gritar.


viernes, 19 de diciembre de 2014

Cuando me crucé con gente gris

A menudo me lo planteo,  ¿cuales pueden ser los motivos por los que algunos de alumnos aprenden de un modo tan rápido y eficaz y otros, sin embargo, tardan más o no consiguen adquirir de una forma "limpia" los mismos aprendizajes? En mi gremio aplicamos algunos criterios de autoevaluación y revisamos el modo de impartir las clases, la velocidad, la cantidad de contenidos introducidos en una semana, las actividades y los horarios.
Mis alumn@s suelen apreciarme.Y yo a ellos. Normalmente, establecemos pactos afectivos para que todos estemos contentos y se alcancen los objetivos mínimos que exige la normativa.
Sin embargo, los resultados no son siempre los mejores. Así que, es necesario que los maestros estemos dispuestos a  aceptar la necesidad de formación y aprendizaje. Técnicas, trucos, repeticiones, mecánica, creación. Un poco de todo. Así, se sabe que hay alumnos que funcionan mejor inventando. Otros responden muy bien a las explicaciones. Algunos no lo entienden hasta que corrigen un par de errores. Muchos se despistan y hay que nombrarlos de vez en cuando para que te miren. Los hay que necesitan verbalizar sus conclusiones para afirmarse en sus conocimientos. Debemos ser motivadores, persuasivos pero asertivos, convincentes, autoritarios pero cercanos...
Todos estos recursos, estas habilidades sociales, deben partir de personas camaleónicas, porque los alumnos son distintos todos los cursos, y porque el conjunto social que es el aula no se repite. No hay patrones exactos.
Por eso resulta triste encontrarte en el trayecto compañer@s que tienen todos sus pasos medidos. ¿Eso es posible?, no dejo de preguntarme. Si yo no me sirvo igual de un año para otro, cómo me van a servir los mismos recursos y refuerzos. Pobre del maestro que se encasilla en una rutina y no se reinventa. Gente gris que no deja huella porque no pisa arenas nuevas y porque su paso es idéntico todos los años.
Quizá la peor situación se produce cuando esos maestros se cruzan en el camino de otros y pretenden imponer, aunque no tengan autoridad para ello, sus métodos y sus discursos.

LAS MEDUSAS

Desde el mismo momento en que entré, Alba trató de explicarme algo que le había ocurrido durante el verano. Sin embargo, mi interés en ese momento se centraba en conseguir que todos estuvieran sentados y con los libros preparados. 
- Profe, ¡he dormido fatal!- me decía con voz lastimera mientras se tocaba la pierna- Toda la noche me ha estado doliendo aquí.
Le contesté que por qué me veía siempre con cara de médico, le pedí que atendiera y que tratara de aguantar el dolor hasta el final de la clase.
Explicar, resolver, corregir... Mantener, en definitiva, un constante pulso con ellos, que a última hora de la mañana no quieren, o no pueden, o quieren pero no lo consiguen, atender una clase de matemáticas.
La cara de Alba durante la sesión era como es ella... Teatral, expresiva y divertida vista desde fuera. Cuando ya no pudo más se lamentó en voz alta y me volvió a describir sus terribles dolores. Lo más divertido de la escena, es que añadió un por qué...
- Yo creo que es por la picadura de la medusa - Este verano me picó una...
- Pero Alba, ¡eso ocurrió en julio!, le espetó suspirando una compañera sin dejarme hablar a mi.
- Bueno, mira- se justificaba- lo que tú no sabes es que la picadura de la medusa ataca de nuevo cuando menos te lo esperas. ¡Las medusas son así!
Aunque traté de controlarme, estallé en carcajadas y aunque el primer gesto de Alba fue de enojo, me bastó con acariciar su pelo para que me sonriera y me diera permiso para escribir hoy esto que escribo..

sábado, 24 de mayo de 2014

Mi letra torcida sobre tu lienzo

Las cosas se tuercen y entonces uno se pregunta,  ¿cómo pasó? Se nos queda cara de perplejidad. Hasta el momento en que se vuelve a analizar todo de un modo más distanciado, no respondemos, no reaccionamos o no lo pensamos.
Hay torceduras del alma y del cuerpo. Las que rompen los huesos y los pensamientos. Las piernas, los pies y las espaldas. Las hay que no duelen aunque dejan marcas en la piel. De nacimiento y de antes de nacer. Las hay evidentes y también invisibles a los ojos de los demás. Otras, están a punto de quebrar y tuercen hasta el gesto. Lo que me hace pensar en las que  más parecen una mueca grotesca, tan triste y tan sola.
Hay torceduras que han doblegado la faz de la tierra. De las que han erosionado caminos, cansinas y feas. Las que te retuercen las entrañas y a los que extrañas y a los que amas. De esas que entran siempre a retortijones y a empujones.
Hay torceduras de todas las formas posibles. Imprecisas, por momentos y para siempre. Las hay que aplastan continentes y levantan olas en los océanos. Las que arrasan, las que amansan, las que cansan.  
Se tuercen los caminos y los trayectos a casa. Los de ida y los de vuelta. Las hay de esas de las que nadie habla. Las que se van del mismo modo en que vinieron y las que jamás se vieron.
Torceduras, en fin, de las torcidas, de las malsanas, de las que se soportan, las que se sobrellevan, las que pasan desapercibidas. Nudos que dejan dolores insoportables, marcas visibles o señales insignificantes.

Pero yo, mi bien, me quedo con las torcidas hermosas. Con las imprescindibles. Las que me encantaron y sedujeron. Las buenas, las malas, las regulares. Las pequeñas, las mayores, las infantiles. Las que me han hecho recta. Las que trazaron mi destino y el tuyo. Las que llegaron  sin pretenderlas ni esperarlas. Las que mis dedos marcaban sobre arena de playa. Las que dibujo sobre mi cama, bajo mi colcha, entre tus manos. Las que se escriben con tinta china y con plumilla sobre el papel.
Me quedo con el momento torcido en que quise ser tuya para ser realmente mía. Con el mal paso que me empujó. ¡Maldita mi estampa! Con el tremendo tropezón que me trajo a la puerta arqueada de nuestra calle, tras nuestra acera mal asfaltada, bajo el quicio doblado en que te quedaste parado.
Me quedo con todo a pesar de lo torcido, o de lo retorcido. A pesar de los rotos y los tachones en los cuadernos. Pues sin todo lo demás, y lo que es de más, ni tú ni yo existiríamos como existimos. Sería quizá de otro modo o tal vez no fuera. Quizá esto te sobra pero, ya no me veo sin los pespuntes torcidos, sin las puntadas mal dadas, sin los patrones mal cortados.
Sin ti no me veo y no me entiendo, ni vestida ni desnuda. Y no te entiendo sin mi tropiezo. Con renglones torcidos te escribo lo que te quise. Lo que te quiero aún a pesar de tus rotos. Me quedo, sin más, con mi letra torcida sobre tu lienzo.